HOMILÍA - PARA LOS TRES CICLOS

  La Asunción de María

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

   

 

 Escritura:

Apocalipsis 11,19;12,1-6.10; 1 Corintios 15,20-26; Lucas 1, 39-56

EVANGELIO

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

María dijo: -Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios , mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es Santo.

Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres-, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

HOMILÍA 1

Javier estaba un día platicando con su cuñado Rafael y de pronto le hizo una confesión sorprendente. Ambos estaban casados con dos hermanas gemelas y aunque la esposa de Rafael deseaba desesperadamente tener un hijo, ésta después de diez años de matrimonio no había concebido.

Javier le dijo a su cuñado que su esposa se había ofrecido a tener un hijo para dárselo a su hermana. El hijo nació, la madre lo acarició y se lo entregó a su hermana.

Y ésta agradecida comentó: "Ni en sueños podría imaginar que alguien se sacrificara así para hacerme feliz".

Meses más tarde, un periódico publicaba la noticia con este titular: "Un regalo de amor que no tiene precio. Hermana da su baby a hermana sin hijos".

La Palabra de Dios nos recuerda a todos nosotros que hace dos mil años Dios nos hizo un regalo de amor que no tiene precio. Dios, a través de una mujer llamada María, entregó a su hijo Jesús al mundo entero.

Un hijo que se sacrificó para hacerle feliz. Un hijo que hace posible la resurrección. Un hijo que vence a sus enemigos, incluida la muerte.

Un hijo "nacido de mujer" y del Espíritu para que tú nazcas cada día a lo nuevo.

Un hijo en el que puede contemplar la sonrisa de su Padre y ver el rostro glorioso de Dios.

Y oír una voz del cielo que dice: "Ahora se ha hecho presente la salvación y el poder y el reino de Dios y la autoridad de su ungido".

Regalo de Dios, sí, pero gracias a la fe de María que acogió la Palabra de Dios para entregarla al mundo hecha carne, hecha Jesús.

Regalo de Dios, sí, pero gracias a la humilde esclava del Señor:

Lo divino se hace presente en lo humano.

Lo eterno se hace tiempo.

La salvación destruye la maldición.

La luz ilumina la tiniebla.

La vida triunfa sobre la muerte.

María no es Dios, pero

  • ¿qué ser humano ha sido más amado por Dios?

  • ¿qué ser humano ha sido más fiel a Dios?

  • ¿qué ser humano ha sido elegido para ser la madre de Dios?

  • ¿qué ser humano ha tenido una relación tan íntima con Dios?

  • ¿qué ser humano ha cantado mejor la grandeza del Señor?

Hoy, honramos a este ser humano, muy humano, muy como nosotros y la llamamos bienaventurada porque el poderoso ha hecho grandes cosas en María y por María.

La muerte es el momento en que el ser humano entra en su casa de la eternidad.

La fiesta de la Asunción nos recuerda que María entró en la casa de la eternidad en cuerpo y alma.

María fue recibida en la presencia de Dios con su cuerpo intacto, entero, hermoso. Esta fue la voluntad de Dios, el milagro de Dios, el poder de Dios para con su sierva, su esclava, su madre.

¿Y nosotros qué?

Pablo nos da la respuesta: "Así como todos morimos en Adán"…

Primero Cristo resucitado, el primer y mejor fruto y después todos los que son de Cristo. Y Pablo añade "pero cada uno en el orden que le corresponde".

¿Será Pedro, el que lo negó?

¿Será Pablo, el que lo persiguió?

¿Serán los apóstoles que lo abandonaron?

¿Seremos nosotros los que hemos manchado nuestro cuerpo tantas veces?

¿Será María, la mujer del sí grande a Dios?

No importa el orden. Importa ser de Cristo para tener vida eterna con él.

Importa servir al Señor con un cuerpo limpio, como María, y con un espíritu firme como María.

Importa, día tras día, proclamar la grandeza de nuestro Dios, proclamar nuestro personal Magnificat.

 

HOMILÍA 2

Una mujer llamada María.

 Nadie vio la resurrección del Señor y nadie vio venir al Señor para llevarse al cielo a María.

Cuentan que Tomás, el Apóstol de las dudas, estaba ausente el día en que murió María. Cuando se reunió, al día siguiente, con sus compañeros les dijo que quería ver por última vez a María y pidió que le abrieran la tumba.

Cuando la abrieron, asombrados, comprobaron que estaba vacía. Su cuerpo y su alma habían desaparecido.

Desde entonces la creencia en la Asunción de la Virgen ha sido una verdad incontestable para los católicos.

A los católicos nos acusan nuestros hermanos protestantes de hablar más de María que de Jesús y de endiosarla tanto como a Jesús.

Un día una mujer estaba rezando ante una estatua de la Virgen y un hombre que la vio le susurraba repetidamente: “A Jesús. A María no. A Jesús”.

La mujer miró al crucifijo fijamente y le dijo: “Jesús estate quieto. Ahora estoy hablando con tu madre”.

Hoy, fiesta de la Asunción, vamos a hablar de María, la humilde esclava del Señor, la mujer vestida de sol, la que es símbolo del nuevo pueblo de Dios, la que llevó en su seno al Mesías Rey, la primera que experimentó los frutos de la redención total, María ni diosa ni reina, sólo la madre de Jesús y de la Iglesia.

“Cristo resucitó el primero de todos” proclama la primera carta a los Corintios.

Sólo Dios puede introducir el nuevo orden del mundo sin necesidad de violencia, le basta el suave soplo del Espíritu Santo.

La Pascua es el día de Cristo Resucitado, el primero, las primicias, la muerte vencida, las cenizas glorificadas.

La Pascua es el día del nuevo orden, día de la glorificación.

Hoy, la mujer con las doce estrellas, deja de ser mero símbolo y representa la realidad de la resurrección.

Este privilegio se le concede a María por ser la primera cristiana, “Hágase en mi tu voluntad” y por ser la primera proclamadora de la Buena Noticia, “Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” y por ser la más perfecta de todos los cristianos.

Nosotros, los católicos que luchamos por mantenernos firmes en la fe, que vivimos entre el sí y el no a Dios, celebramos y renovamos en la fiesta de la Asunción la esperanza de que ese primer privilegio de María no es sólo para ella, es privilegio que compartimos todos los cristianos.

Todos seremos glorificados.

La victoria de Cristo y de María es también nuestra victoria.

Hablar de María, en este día de fiesta en miles de pueblos de nuestra geografía, fiesta más folclórica que cristiana, tiene sentido si despertamos en los creyentes los valores que nos hacen mejores, si despertamos la espiritualidad interior, “María conservaba todas estas cosas en su corazón”.

Hablar de María no es hablar de una celebridad más como se hace en nuestra cultura cada vez más saturada y obsesionada  por lo trivial.

“El hombre verdaderamente grande habita en lo que es real y no en lo que aparece en la superficie”.

Hablar de María es alimentar la interioridad, la meditación y la oración, para no caer en prácticas infantiles y medio paganas.

María, hoy y en las múltiples fiestas del calendario nos recuerda su papel: No hace falta que me hagáis caso a mí, pero “haced lo que Él, el sólo Señor y Salvador, os diga”.