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Mi abuela iba a misa de siete los
domingos. Así "se
despachaba pronto" y, quitado el cuidado, se quedaba
tranquila, lista para empezar el día. Todavía hay quienes, tras la
bendición final, salen deprisa musitando: "Bueno, ya está; una cosa
hecha; hemos cumplido". Me preguntaba una madre de familia: "¿Qué debo
hacer con mis hijas? Dicen que no les apetece ir a misa, que llevan
muchas oídas y son un rollo aburrido": Le contesté: "Me temo que tus
hijas tienen razón; y, a lo peor, la culpa es nuestra, yo incluido". Y
voló mi imaginación hasta la iglesia de Yamaguchi, en Japón, donde
conocí el caso de una simpática anciana, que jamás perdía la misa del
domingo. Con kimono de fiesta, subía, pasito a pasito, la empinada
cuesta al hilo del primer repique. Rezumaba 85 años de buen humor.
Sentada en el primer banco, asentía cortésmente tras cada punto y aparte
de la prédica. Pero, concluida la misa, tras los saludos de rigor al
vecindario, iba a sentarse en un banco del parque, en el entorno de un
templo budista emplazado en la misma colina. "Es que aquí, decía, oyendo
el canto de los pájaros se respira mucha paz bajo este arbolado. En esta
calma se encuentra a Dios". Y añadía: "Además, con un rato de silencio,
se le quita a una el cansancio del rosario, la misa y el sermón".
En la enfermería de un convento
de religiosas, el capellán se
había propuesto animar la celebración
dominical. Prescindió ese día de la casulla, se revistió solamente con
un alba y la estola de tierras sureñas que le regalara la ONG sin
fronteras. Se sentó en un sencillo taburete a dos pasos del primer banco
y saludó sonriendo: "Buenos días, hermanas, que el Señor siga estando
con nosotros, como lo está continuamente": Y dicho esto, comenzó a
compartir desde la fe la vida: la de su semana de ministerios, la del
país con sus debates políticos crispados, la del ancho mundo lleno de
problemas que podríamos resolver si quisiéramos cambiar... Una religiosa
anciana en silla de ruedas y con dificultad de audición se esforzaba en
entender, pero se perdía desconcertada. Al fin preguntó a la
acompañante: "¿Qué pasa? ¿Es que hoy no hay misa?". Contestó en voz baja
la novicia: "Hoy, hermana, lo que tenemos es una eucaristía". "Ah,
bueno" repuso la veterana con aire de resignación.
Reflexionar seriamente
No es chiste. Sucedió como lo
cuento. Da qué pensar. Aquí hay algo que nos debería hacer reflexionar
seriamente. Quiero suponer que en la XI Asamblea General del Sínodo de
los Obispos, que se está celebrando en Roma, lo habrán pensado y hablado
al poner sobre el tapete el tema de la Eucaristía.
Habrá que plantearse a fondo
cómo comprendemos y vivimos la
acción de gracias que nos encargó
testamentariamente Jesús. Convendría releer y meditar despacio las
páginas del lavatorio y la cena de despedida del Señor, en vez de
protestar como aquel obispo que se quejaba de que sus curas jóvenes
suprimieran el lavabo, bajasen entre el pueblo a dar la paz, acompañasen
el salmo con ritmo de baile y se saltaran la fórmula rutinaria del
"orate fratres". ¿Qué tal si, en vez de limitarnos a "cumplir con el
precepto" tomásemos en serio redescubrir la Eucaristía?
Se quejaba
Malaquías de la
inautenticidad de los rituales: "No acepto la ofrenda de vuestras manos"
(1, 10). Añoraba la autenticidad de Melquisedec, un extranjero que dio
sentido a una simple ofrenda de pan y vino. Isaías comparó la comunidad
ideal con un banquete (Is 25, 6). Eliseo hizo de panadero para más de
cien personas hambrientas (2 R 4, 42-44). Todo este telón de fondo
encuadraba el encargo de Jesús: "Dadles vosotros de comer" (Mt 14, 16).
Tres gestos hizo Jesús: vista
al cielo en acción de gracias, ojos fijos en el pan mientras lo parte y
mirada alrededor. Primero, da gracias a la fuente de la vida. Segundo,
contempla el pan, fruto de la tierra y del trabajo de muchos hombres y
mujeres, que ha de partirse y compartirse. Tercero, invita a repartir
y... a asegurarse de que el reparto es equitativo.
Partir, compartir, repartir
Jesús no es un prestidigitador.
Su pan de vida no es un truco de
Harry Potter, ni un juego escolástico
para elucubrar sobre sustancias y accidentes. Antes de partir el pan se
ha partido a sí mismo, se ha dado y repartido a diario, dejándose comer.
Toda su vida fue eucaristía. Su vida entera da significado al partir,
compartir y repartir el pan de vida. Comida en Galilea, Cena en
Jerusalén, Sangre de Vida en el Gólgota, Eucaristía dominical y
compromiso diario por la paz y la justicia: todo esto se integra en un
único acontecimiento liberador.
Por eso no dice en la Cena:
"Este pan es mi cuerpo", sino que dice: "Esto es mi cuerpo". "Esto"
significa no solamente este pan y vino, sino lo que ellos representan:
la vida entera de los hombres y mujeres aquí reunidos, con sus penas y
alegrías, éxitos y fracasos, deseos y súplicas. Sobre todo eso se pide
que venga el Espíritu para consagrarlo. Todo eso es lo que se convierte
en cuerpo y vida de Cristo para la liberación del mundo. ¿Comprendemos y
vivimos esta realidad al celebrar la Eucaristía o nos limitaremos
despacharnos "dando misa" u "oyendo misa"? Ése es el tema central y no
el debate sobre rúbricas minuciosas, vestimentas anacrónicas o fórmulas
estereotipadas.
(De la revista Vida Nueva) |