¿DESPACHAR LA MISA O CELEBRAR LA EUCARISTÍA?

Juan Masiá, S.J....

   

 

Mi abuela iba a misa de siete los domingos. Así "se despachaba pronto" y, quitado el cuidado, se quedaba tranquila, lista para empezar el día. Todavía hay quienes, tras la bendición final, salen deprisa musitando: "Bueno, ya está; una cosa hecha; hemos cumplido". Me preguntaba una madre de familia: "¿Qué debo hacer con mis hijas? Dicen que no les apetece ir a misa, que llevan muchas oídas y son un rollo aburrido": Le contesté: "Me temo que tus hijas tienen razón; y, a lo peor, la culpa es nuestra, yo incluido". Y voló mi imaginación hasta la iglesia de Yamaguchi, en Japón, donde conocí el caso de una simpática anciana, que jamás perdía la misa del domingo. Con kimono de fiesta, subía, pasito a pasito, la empinada cuesta al hilo del primer repique. Rezumaba 85 años de buen humor. Sentada en el primer banco, asentía cortésmente tras cada punto y aparte de la prédica. Pero, concluida la misa, tras los saludos de rigor al vecindario, iba a sentarse en un banco del parque, en el entorno de un templo budista emplazado en la misma colina. "Es que aquí, decía, oyendo el canto de los pájaros se respira mucha paz bajo este arbolado. En esta calma se encuentra a Dios". Y añadía: "Además, con un rato de silencio, se le quita a una el cansancio del rosario, la misa y el sermón".

En la enfermería de un convento de religiosas, el capellán se había propuesto animar la celebración dominical. Prescindió ese día de la casulla, se revistió solamente con un alba y la estola de tierras sureñas que le regalara la ONG sin fronteras. Se sentó en un sencillo taburete a dos pasos del primer banco y saludó sonriendo: "Buenos días, hermanas, que el Señor siga estando con nosotros, como lo está continuamente": Y dicho esto, comenzó a compartir desde la fe la vida: la de su semana de ministerios, la del país con sus debates políticos crispados, la del ancho mundo lleno de problemas que podríamos resolver si quisiéramos cambiar... Una religiosa anciana en silla de ruedas y con dificultad de audición se esforzaba en entender, pero se perdía desconcertada. Al fin preguntó a la acompañante: "¿Qué pasa? ¿Es que hoy no hay misa?". Contestó en voz baja la novicia: "Hoy, hermana, lo que tenemos es una eucaristía". "Ah, bueno" repuso la veterana con aire de resignación.

Reflexionar seriamente

No es chiste. Sucedió como lo cuento. Da qué pensar. Aquí hay algo que nos debería hacer reflexionar seriamente. Quiero suponer que en la XI Asamblea General del Sínodo de los Obispos, que se está celebrando en Roma, lo habrán pensado y hablado al poner sobre el tapete el tema de la Eucaristía.

Habrá que plantearse a fondo cómo comprendemos y vivimos la acción de gracias que nos encargó testamentariamente Jesús. Convendría releer y meditar despacio las páginas del lavatorio y la cena de despedida del Señor, en vez de protestar como aquel obispo que se quejaba de que sus curas jóvenes suprimieran el lavabo, bajasen entre el pueblo a dar la paz, acompañasen el salmo con ritmo de baile y se saltaran la fórmula rutinaria del "orate fratres". ¿Qué tal si, en vez de limitarnos a "cumplir con el precepto" tomásemos en serio redescubrir la Eucaristía?

Se quejaba Malaquías de la inautenticidad de los rituales: "No acepto la ofrenda de vuestras manos" (1, 10). Añoraba la autenticidad de Melquisedec, un extranjero que dio sentido a una simple ofrenda de pan y vino. Isaías comparó la comunidad ideal con un banquete (Is 25, 6). Eliseo hizo de panadero para más de cien personas hambrientas (2 R 4, 42-44). Todo este telón de fondo encuadraba el encargo de Jesús: "Dadles vosotros de comer" (Mt 14, 16).

Tres gestos hizo Jesús: vista al cielo en acción de gracias, ojos fijos en el pan mientras lo parte y mirada alrededor. Primero, da gracias a la fuente de la vida. Segundo, contempla el pan, fruto de la tierra y del trabajo de muchos hombres y mujeres, que ha de partirse y compartirse. Tercero, invita a repartir y... a asegurarse de que el reparto es equitativo.

Partir, compartir, repartir

Jesús no es un prestidigitador. Su pan de vida no es un truco de Harry Potter, ni un juego escolástico para elucubrar sobre sustancias y accidentes. Antes de partir el pan se ha partido a sí mismo, se ha dado y repartido a diario, dejándose comer. Toda su vida fue eucaristía. Su vida entera da significado al partir, compartir y repartir el pan de vida. Comida en Galilea, Cena en Jerusalén, Sangre de Vida en el Gólgota, Eucaristía dominical y compromiso diario por la paz y la justicia: todo esto se integra en un único acontecimiento liberador.

Por eso no dice en la Cena: "Este pan es mi cuerpo", sino que dice: "Esto es mi cuerpo". "Esto" significa no solamente este pan y vino, sino lo que ellos representan: la vida entera de los hombres y mujeres aquí reunidos, con sus penas y alegrías, éxitos y fracasos, deseos y súplicas. Sobre todo eso se pide que venga el Espíritu para consagrarlo. Todo eso es lo que se convierte en cuerpo y vida de Cristo para la liberación del mundo. ¿Comprendemos y vivimos esta realidad al celebrar la Eucaristía o nos limitaremos despacharnos "dando misa" u "oyendo misa"? Ése es el tema central y no el debate sobre rúbricas minuciosas, vestimentas anacrónicas o fórmulas estereotipadas.

(De la revista Vida Nueva)