HOMILÍAS - PARA LOS TRES CICLOS

  Viernes Santo

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

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 Escritura:

Pasión según San Juan: 18, 1-19.42

 

EVANGELIO

Pasión según San Juan: 18, 1-19.42

 

HOMILÍA 1

EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ

Miren al que levantaron en la cruz. Miren a Jesús, al hombre que pasó su vida haciendo el bien. Miren al Hijo de Dios, sucio y roto, crucificado por nosotros. Mírenlo, sí, pero con los ojos del corazón, con los ojos del amor, con los ojos de su madre.

Es Viernes Santo, día de luto para la gran familia cristiana,

Día de derramar una lágrima sincera por Jesús,

Día de congregarse en familia para despedir al hermano y contar juntos sus bondades.

Miren y empiecen a subir la escalera que lleva por la cruz a la puerta del cielo.

Uno de los grandes recuerdos de mi infancia está para siempre asociado a una escalera, que a mi, niño, me parecía inmensa. La escalera del Viernes Santo. La escalera del Descendimiento de Jesús de la cruz. Mi boca y mis ojos se abrían grandes mirando unos hombres que subían por la escalera y poco a poco y con gran cuidado bajaban a Jesús de su cruz.

Era como aquel primer Viernes Santo cuando Nicodemo y José de Arimatea bajaron a Jesús de su cruz y se lo entregaban a su madre María.

Hoy, hermanos y hermanas, les invito a todos a hacer memoria y recordar algo, alguien, que en un Viernes Santo ya lejano se grabó para siempre en su corazón. Yo con mis ojos de niño recuerdo la cruz altísima plantada delante del altar y la escalera inmensa por la que subían y bajaban a mi Jesús ensangrentado, al Jesús de mi infancia.

Este Viernes Santo del 2006 es más Viernes Santo que nunca para nosotros. Año de guerra, de destrucción y muerte, los cimientos de la tierra y de la humanidad se han estremecido una vez más y hemos contemplado la negrura del corazón humano.

Junto a la cruz de Jesús, una escalera para llegar hasta él, para subir al cielo. Mis palabras, hoy, quieren ser una invitación a todos los cristianos del Pilar a subir por la escalera que Dios y la iglesia ponen a nuestro servicio a lo largo de nuestro vivir.

Dice una hermosa leyenda que Dios bajaba todos los días por una escalera para caminar y conversar con Adán y Eva por el jardín del Edén. Y el día en que desobedecieron y pecaron Dios retiró la escalera y nunca más la usó. Comenzó la vida errante y peregrina y Adán y Eva se convirtieron en los primeros emigrantes, los primeros buscadores de un sueño terrenal y americano que nunca encontraron. Sin la escalera por la que Dios bajaba a ellos, todos los sueños son estériles.

La Biblia nos cuenta la historia de otra escalera, la de Jacob. Este huía de la ira de su hermano y una noche cansado del camino se quedó dormido y, en sueños, vio una escalera que llegaba hasta el cielo y por ella bajaban y subían los ángeles. Al final de la escalera estaba Dios. Dios bendijo a Jacob y a todos sus descendientes.

Pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, cuando Dios quiso que su amor por nosotros se hiciera palpable y visible, cuando Dios quiso bajar de nuevo para estar con nosotros, nos envió una escalera que une cielo y tierra, ésta se llama Jesús.

Jesús, el justo, ajusticiado.

Jesús, el hombre para todos, crucificado por nosotros.

Jesús, el hombre que bajó por la escalera del amor para conversar con nosotros, para plantar la cruz de la salvación en el Gólgota, una cruz que llega hasta el cielo, que abre el cielo y que Dios bendice.

Cristo, dice la carta a los Filipenses, "apareciendo en su porte como un hombre cualquiera, se humilló y obedeció hasta la muerte y una muerte de cruz. Por ello Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre."

Este Cristo, humillado y obediente, escándalo para unos y locura para muchos, este Cristo y su cruz son, hoy, la escalera por la que nosotros estamos llamados a subir para heredar la gloria.

Este Cristo del que nosotros hacemos memoria en este Viernes Santo no es una reliquia del pasado. Es eterno presente, diaria presencia en medio de su pueblo.

Hermanos y hermanas, miren a su Señor. No son los clavos los que hacen que Cristo esté en la cruz clavado. Es el amor por Usted, el amor por todos nosotros, y sólo el amor el que hace que Cristo no baje de la cruz.

Hermanos y hermanas, miren a su amante crucificado como si fuera la primera vez y decidan, hoy, subir por la escalera de la cruz hasta los brazos del Padre. El es el final del viaje. Jesús y su cruz son escalera y puente para cruzar hasta la orilla de la vida sin fin.

Hermanos y hermanas, miren al que traspasaron, es Jesús. Jesús no tiene doble. Es El. No hay otro. No hay otra cruz, otra escalera, otro amor que pueda salvar. Y en este Viernes Santo nosotros miramos y miramos pero sobre todo le pedimos que nos mire él, que nos ame él, que nos ayude con su gracia a poner nuestros pies en el primer escalón que sube hasta su corazón.

Por esta escalera José de Arimatea, Nicodemo y otros amigos bajarán a Jesús de su cruz y lo pondrán en brazos de María ,su madre.

María fue la primera escalera por la que Jesús bajó a visitarnos, la primera escalera para hacerse hombre como nosotros, la primera escalera por la que el ángel bajó el día de la Anunciación, y el primer peldaño fue su sí.

María, escalera santa, al pie de la cruz, nos ofrece a todos a recibir a su hijo para hacerlo nuestro hermano, nuestro Señor y Salvador.

Sí, Jesús es la única escalera a subir pero ¿quién nos enseñará a subir por ella?

¿Quién nos dará el valor para vencer el vértigo de la altura?

¿Quién nos acompañará en esta ascensión?

¿Quién fortalecerá las rodillas vacilantes?

¿Quién señalará los peldaños más eficaces?

¿Quién? La iglesia, nosotros, comunión de hermanos que nos recordamos hoy y siempre que Jesús es la escalera que nos lleva hasta el Padre.

¿Quién? La iglesia, que a través de los sacramentos nos libera del peso de la culpa y nos devuelve la alegría de la salvación.

¿Quién? La iglesia, que nos recuerda que para subir esta escalera no hay que llevar ningún peso, sólo el peso de un gran amor a Jesús y a los hermanos es la carga que podemos llevar a la espalda.

¿Quién? La iglesia del Pilar es para nosotros, una escalera por la que Jesús sube y baja hasta nosotros sus hijos.

 

HOMILÍA 2

VIERNES SANTO. El SUEÑO DE DIOS

Había una vez un hombre a quien le encantaba coleccionar obras de arte. Cuando el único hijo que tenía cumplió los veinte años, lo llamaron para ir a la guerra. Allí, en la batalla, cuando trataba de salvar la vida de uno de sus compañeros, él también encontró la muerte. Otro soldado, queriendo honrar la memoria de su camarada, pintó un retrato del joven y se lo envió al padre.

Pocos años más tarde, el padre falleció y sus bienes fueron subastados.

"Daremos inicio a la subasta rematando primero el retrato del hijo". Se produjo un incómodo silencio hasta que, tras unos minutos, una voz propuso, "No empecemos por este retrato. El pintor era aficionado y no vale la pena perder el tiempo". Pero el subastador no respondió.

Otra voz preguntó, ¿Por qué no subasta los Picassos y los Rembrandts? El subastador sin inmutarse, declaró, "El retrato del hijo primero. ¿Quién quiere optar por el hijo?"

Finalmente se oyó una voz que venía del fondo del salón. Era el jardinero del que había sido el dueño de todos los bienes. "Diez dólares". Era todo lo que podía ofrecer.

"Tenemos diez dólares". ¿Alguien da más? El resto de los asistentes permanecieron silenciosos, esperando que el cuadro se vendiera pronto para pasar a las cosas valiosas. "A la una, a las dos, a las tres". Vendido por diez dólares". El seco golpe del martillo puso fin a la transacción.

El subastador dejó el martillo sobre la mesa y dijo, "Muchas gracias a todos por venir. Lamento si esto les ha causado alguna molestia, pero la subasta ha terminado. Cuando me contrataron para conducir esta subasta, me dieron unas instrucciones muy concretas . La persona que comprara el retrato del hijo heredaría el resto de los bienes, -todos los bienes raíces, todo el dinero, todos los cuadros. El dueño quería legar todo lo suyo a quien aceptara a su hijo."

Cuando éramos pequeños nos preguntaban muchas veces: ¿qué quieres ser cuando seas mayor?

Cada uno de nosotros teníamos un hermoso sueño que vivir: ser periodista, ser futbolista, ser maestro...

Sí, un sueño en cada corazón de niño.

Sí, un futuro y muchas avenidas que explorar.

Y aquí estamos nosotros con mucha o poca vida por delante, con muchas avenidas ya exploradas, con muchas energías ya gastadas y con nuestro sueño de niños aún metido en el corazón.

A un niño que también le hicieron la pregunta: ¿qué quieres ser cuando seas mayor? Éste contestó: "yo quiero ser Dios."

Por sorprendente que parezca el sueño de los hombres es eliminar a Dios y ocupar su puesto.

El sueño de los hombres es vivir cómodamente sin Dios y no depender de nadie, ni de Dios.

Dios es todo. Dios lo puede todo. Y nosotros queremos serlo todo y poderlo todo.

Hoy, hermanos, es Viernes Santo. Y la historia que compartimos y vivimos nos recuerda el sueño de Dios hecho añicos, la debilidad de Dios, la impotencia de Dios, el fracaso de Dios, la muerte de Dios.

Hoy es Viernes Santo. Y la liturgia de la cruz nos recuerda a los cristianos que nuestro destino y nuestro sueño está unido al de Dios.

Hoy es Viernes Santo. Y el camino hacia el Calvario nos enseña a todos a vivir y a querer también la cara oculta de nuestro sueño: el sufrimiento, la debilidad y la muerte.

Hoy es Viernes Santo. El sueño de Jesucristo se realiza plenamente. El sueño de Jesucristo era dar vida, perdón, amor y salvación a todos.

El sueño de Jesús no era sólo para sí. Jesús soñaba contigo para abrirte las puertas de su reino, compartir tu fracaso, llevar tu cruz, morir, no por cualquier causa sino por amor, para dar sentido a todas las cruces, a todas las muertes y a la tuya también.

El sueño de Jesús acaba en la muerte, puerta hacia la resurrección y la vida.

El sueño de ser Dios nos lo enseña Jesús pero a la manera de Dios, no a la manera de los hombres.

La última palabra del Señor en su trono de madera, en la cruz del escándalo, en el árbol levantado al cielo es: "Todo está terminado".

Jesús, obediente al Padre, ha cumplido con creces la misión recibida, ha completado con su vida la misión recibida, se ha vaciado por completo.

Todo está terminado. La sangre ha sellado el pacto, ha regado la tierra y ha fecundado la semilla del nuevo amor.

Todo está terminado. La deuda pagada, Satanás vencido, el nuevo templo inaugurado.

Todo está terminado. El reloj de Dios marca una nueva hora, la del perdón.

Todo está terminado y sin embargo todo está por hacer.

Porque la luz viene a los hombres y muchos la rechazan.

Porque el amor viene a los hombres y muchos no lo entienden.

Porque el perdón viene a los hombres y muchos no lo acogen.

Donde no hay luz, donde no reina el amor, donde no se celebra el perdón surge el Viernes Santo: violencia, odio, sangre y muerte. ¡Y cuánto hay de esto en nuestro mundo!

En el Viernes Santo de Jesús la tierra tembló, el velo del templo se rasgó, la oscuridad cubrió la tierra. Eran los dolores del parto de la tierra nueva y los cielos nuevos. Era la alegría de la misión cumplida. Era el comienzo de la vida en el Espíritu.

Nosotros estamos llamados a vivir el Viernes Santo de Jesús y completar su obra de redención y perdón. Mientras alguien sufra injustamente como Jesús será Viernes Santo.

Todo está terminado pero Jesús no está terminado. Jesús no está secuestrado, desaparecido o muerto.

Todo está terminado pero Jesús sigue actuando, salvando y perdonando a través de su iglesia, de sus hijos y de todos sus seguidores.

Todo está terminado. Sí, en una cruz, pero una cruz que tiene su cara gloriosa: la gloria del Padre, el sueño de Dios.

Todo está terminado pero el sueño hermoso de Jesús continúa vivo. Los grandes sueños no mueren nunca. Y nosotros alimentamos día a día, en la eucaristía, en la palabra, en los hermanos y en la oración, el sueño de Jesús. No queremos que muera este sueño. Estamos empeñados en hacerlo verdad cada día, cargando con nuestras cruces, ayudando a los hermanos a llevar la cruz y aliviando el Viernes Santo de nuestro mundo.

Tú y yo, terminada esta celebración del Viernes Santo volvemos a nuestras cosas y a nuestras casas. Y somos invitados a mirar al que crucificaron y a llevar nuestra cruz y a salvarnos en ella y con ella y a compartir la agonía de Cristo que sufre hasta el final de los tiempos.

Por eso decimos: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven; Señor Jesús.

Jesús te dice: Ánimo. Yo he vencido la muerte. Ten paz. Yo voy contigo. Te ofrezco lo que tengo: mi perdón y mi amor. Y mi sueño es que los multipliques en tu mundo.

Yo, de pequeño, no tuve un sueño. Dios me soñó un día y me soñó todos los días de mi vida. Y yo me iba convirtiendo día a día al sueño de Dios, con las turbulencias de Dios, con las alegrías de Dios y con sus sorpresas: la sorpresa de la cruz y la sorpresa de la resurrección.

Déjate soñar por Dios y serás feliz hasta en sus sorpresas.

HOMILÍA 3

Mel Gibson puso en imágenes sangrientas la Pasión de Jesús. Y en la oscuridad del cine y en nuestra butaca unos lloraron, otros murieron, otros fueron al precinto a confesar sus crímenes y todos salimos mudos y estremecidos..

Una película, un recuerdo de un día, una conversación y hasta la próxima.

Los evangelios, Palabra de Dios, pusieron por escrito la Pasión de Jesús y este relato del Viernes Santo se proclama año tras año por todo el mundo. Y este relato es el corazón de nuestra fe.

Nosotros lo hemos proclamado en este Viernes Santo.

Nosotros, hoy, no hemos llorado pero sí hemos sentido el dolor de Jesús y sí hemos aprendido que su amor por cada uno de nosotros no tiene límites.

El amor de Jesús es verdadero y la cruz, a la que hoy dirigimos nuestra mirada, es la prueba del amor grande de Dios.

Bienvenidos hermanos y hermanas a la celebración del Viernes Santo, celebración de la cruz, de la cara oculta de la vida de Jesús, de la cara oculta de nuestra propia vida: el sufrimiento, la guerra, la impotencia, la muerte.

Un gesto de nuestra comunidad hispana que siempre me impresiona con fuerza es la presencia masiva de hombres, mujeres, niños y jóvenes que acuden a los velorios.

Todos, familiares, amigos y conocidos sienten la necesidad de decir adiós, decir una palabra, una oración ante la cara oculta de nuestro destino: la muerte.

Las funerarias se convierten en aeropuertos de abrazos y lágrimas, de encuentros y despedidas, de oración y de vida nueva.

Hoy, Viernes Santo, nuestra iglesia es la funeraria donde velamos al mejor de los hombres, al mejor de los hermanos, a nuestro salvador, a Jesús, muerto por nuestros pecados, clavado en la cruz con cuatro clavos.

El primer clavo es el clavo de la traición.

"Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?"

Con un beso caliente se enciende el amor y con un beso frío se consuma la traición.

Judas, compañero de Jesús, desilusionado por la falta de ambición política de su maestro, desilusionado por la predicación de un reino de amor para todos, de perdón para todos y sin fronteras geográficas de su maestro, Judas, desilusionado por este maestro que sólo habla de Dios, decide poner fin a esta aventura con la traición.

Un beso y 30 monedas de plata es el precio del primer clavo de Jesús.

¡Cómo quema el beso de la traición!

¡Cómo quema el dinero de la traición , del egoísmo, de los negocios sucios, del placer barato!.

Ese primer clavo traspasó la mano izquierda del maestro, del amigo, del hermano.

Esta noche, hermanos, en este velorio de Jesús, TODOS nos vemos retratados en el rostro de Judas. Usted y yo hemos traicionado al maestro con muchos besos fríos, con muchas monedas falsas, con muchas oraciones interesadas, con muchas comuniones sacrílegas, con muchos hermanos despreciados, con muchas promesas rotas, con muchos placeres baratos.

Esta noche, estamos aquí, no como el Judas traidor y desilusionado sino como Pedro que miró al maestro, después de sus tres negaciones, y lloró amargamente su pecado.

Esta noche, estamos aquí para mirar con amor a nuestro maestro y llorar nuestras traiciones y pedir perdón por el clavo de todas las traiciones que los hombres hacen al mejor amigo, al mejor hermano, a nuestro Salvador.

Estamos aquí y estuvimos allí, en el huerto de los olivos, traicionando a Jesús con el beso de nuestros muchos pecados. En cada corazón se esconde un Judas ambicioso y traidor. Yo estuve allí. Perdón, Señor.

El segundo clavo es el clavo de la violencia.

"Adivina. ¿Quién te ha pegado?"

Al clavo de la traición del amigo se suma el clavo de la violencia del poder, del ejército, de los soldados. Estos no conocen a Jesús, no hablan su lengua, n o son de su raza ni de su religión.

Y en aquel precinto del Gobernador Pilatos lo maltratan, golpean, escupen y montan un show vulgar y cruel. Jesús es un hombre cualquiera, que sufre la violencia del poder que le pone un clavo en su mano derecha.

Esta noche de Viernes Santo, todos nos vemos retratados en el rostro de Jesús y de los soldados.

Sufrimos la violencia del poder porque no hablamos su lengua, no somos de su raza ni de su religión. Y oramos y perdonamos como nuestro maestro. Pero también somos como los soldados que vivimos en una comunidad violenta. Hay muertos en nuestros buildings y en nuestras calles y hay violencia en nuestros hogares.

Esta noche estamos aquí para pedir perdón por el clavo de toda la violencia que hacemos al mejor amigo, al mejor hermano, a nuestro Salvador y por la violencia que ejercemos a nuestros semejantes.

Estamos aquí y estuvimos también allí. Nosotros también azotamos a Jesús atado a la columna. La violencia de ayer y la de hoy contra el hombre Jesús y contra todos los hombres es un clavo que sigue rompiendo el corazón de Dios.

Érase un hombre que tuvo un sueño en el que veía a Jesús atado a la columna y veía a un soldado azotando al Señor con todas sus fuerzas y gran crueldad. Y veía que con cada latigazo brotaba sangre del cuerpo de Jesús.

Llegó un momento en que el hombre que soñaba no pudo aguantar más el espectáculo y corrió hacia el soldado para quitarle el látigo.

En ese momento, el soldado se giró hacia él y el hombre que soñaba vio que el soldado que azotaba a Jesús era él mismo.

El tercer clavo es el de la indecisión.

"Pilatos tomó agua y se lavó las manos diciendo: inocente soy de la sangre de este justo".

La indecisión es cobardía, miedo a perder el trabajo, a perder prestigio, a jugarse la vida. La indecisión es lavarse las manos, es no asumir responsabilidades.

Pilatos con su indecisión puso el tercer clavo en el pie izquierdo de Jesús.

En esta noche, aquí estamos nosotros indecisos y diciendo somos inocentes de la sangre de este hombre.

¿Está indeciso? Tal vez se pregunte:

¿Será este hombre crucificado el Señor, el Salvador?

¿Será este hombre crucificado el hombre nuevo?

¿Será este hombre crucificado el hombre que me ama a pesar de mis pecados?

¿Será este hombre crucificado el hombre que espera mi decisión?

No se lave las manos como si nada hubiera pasado. No deje la decisión para mañana. Este hombre crucificado es su Salvador.

Su sangre derramada es para usted.

Mientras siga indeciso seguirá teniendo en sus manos el tercer clavo que sigue hiriendo a su Jesús.

Estamos aquí y también estábamos allí. Es el miedo a confesarnos cristianos.

El cuarto clavo es el del desprecio y la burla.

"A otros ha salvado. Que se salve a sí mismo".

¡Qué clavo más amargo!

El hombre que pasó su vida haciendo el bien a todos, predicando el amor y el perdón a todos, es el hombre más despreciado y más abandonado en la hora de la muerte.

Siente incluso el abandono de Dios.

Despreciado, ridiculizado, abandonado, Jesús muere por usted, por mi, por nosotros todos.

Aquí estamos nosotros, viviendo el Viernes Santo de Jesús y el nuestro.

Nuestro Viernes Santo, nuestra cruz, es nuestra vida rota, nuestra familia en caos, nuestros jóvenes desorientados, nuestras calles sucias, nuestra fe en crisis.

Nuestro Viernes Santo es sanado y redimido por el de Jesús.

Nosotros estamos aquí para decir: Sí a otros ha salvado y a nosotros también.

A otros ha salvado y nosotros, lavados en su sangre, hemos empezado esta noche a vivir la única salvación que de verdad importa, la salvación a través de la cruz de Jesús.

Y mañana, mañana, vibraremos con el grito de la victoria sobre la muerte: la resurrección y la gloria.